Sobre mi experiencia con el voluntariado- Antonella

El comienzo

Llegué a Ghana a principios del 2017, después de haber estado un poco más de un año preparando el viaje. Junto mis compañeros de BO arquitectura ganamos una mención en un concurso internacional de arquitectura organizado por Nka Foundation, lo que nos dio la posibilidad de ir a construir allí nuestro proyecto. El proyecto consistía en una residencia para artistas como parte de un programa más amplio. Su objetivo era unir a trabajadores de distintas vertientes artísticas, tanto ghaneses como de otros países, para compartir, desarrollar y enseñar sus artes.

El primer obstáculo que tuvimos como equipo fue simplemente nuestro origen, somos uruguayos y pertenecemos al tercer mundo. Es decir, América Latina, al igual que África, cuenta con sus propias complejidades lo que hace que para los uruguayos la realidad de África sea muy lejana y por ello “menos importante”. Esto hizo que fuera muy difícil conseguir la financiación y los voluntarios necesarios para concretar el proyecto. Muchas personas querían ir desde Uruguay como voluntarios, pero el alto costo del pasaje aéreo lo hacía imposible.

Finalmente, después de mucho trabajo, conseguimos nuestro objetivo: llegar a Ghana a construir nuestro proyecto, con muy pocos fondos y un pequeño grupo de voluntarios.

Ghana

Llegamos a Ghana y tal como lo esperaba, fue una explosión para los sentidos; gente por todos lados, colores, aromas. Pero, ante todo personas que nos hacían sentir muy bienvenidos a pesar de que el turismo es poco frecuente por aquellos lados y no es tan común encontrar Obronis (la forma que tienen de referirse a los blancos) en la calle. Había leído que Ghana es “África para principiantes”, un país seguro, sin conflictos armados y con personas muy amables. Lo cierto es que pude comprobarlo, encontrando personas dispuestas a ayudar si nos encontraban perdidos, a ofrecernos una sonrisa e incluso hasta en los momentos en los que viajé sola siempre me sentí segura.

Abetenim

Gran parte de nuestro equipo llegó a Abetenim junto. Los primeros días sirvieron para entender cómo funcionaba la aldea, conocer a las personas, observar la vida allí y de a poquito comenzar a formar parte de lo que sería nuestro hogar los próximos meses.

Tanto Claudia, Santiago y yo, líderes del proyecto, como el resto del equipo nos comenzamos a cuestionar la idea de cambiar el proyecto por otro distinto. Nos encontramos con que las construcciones existentes que formaban parte de ediciones anteriores del concurso ya eran suficientes para el plan de la aldea de artistas y que muy cerca de allí había otras necesidades. Fue en ese momento que decidimos construir algo para los habitantes de Abetenim. Les propusimos nuestra idea, preguntándoles qué les hacía falta que fuera viable construir en ese tiempo y con el dinero que teníamos, por lo que finalmente se decidió construir un aula para la escuela local.

Una semana después, después de adaptar el proyecto al nuevo lugar y las nuevas características, comenzamos con nuestro trabajo de construcción y también de a poquito a sentirnos locales y a tener nuestra propia rutina.
Los niños comenzaron a formar una parte muy importante de nuestras vidas. Tanto Lucía como yo, siempre estábamos con al menos un niño trepado encima nuestro, persiguiendo o cargando nuestras mochilas, con nuestros sombreros o lo que fuera. Sin darnos cuenta se generó un vínculo afectivo muy fuerte con estos niños que siempre tenían una sonrisa para ofrecer y nos llenaba el corazón.

El trabajo de la construcción fue muy duro físicamente, pero siempre al final de la jornada o en los tiempos libres nos daba tiempo para reflexionar mucho. Era imposible no hacerlo dada la realidad en la que vivíamos, tan distinta a la que estábamos acostumbrados.
Si bien nosotros nos hospedamos en la aldea para artistas, casas construidas con otros equipos de voluntarios que habían ido anteriormente, donde contábamos con cierta infraestructura, intentábamos la mayoría del tiempo estar en la aldea compartiendo con las personas de allí. Surgía a menudo la reflexión de lo extraño que era vivir a 5 minutos a pie de la aldea, en una especie de escenario creado para nosotros, cuando lo que queríamos era el máximo contacto con la vida local.

Nace Madanfo Project

Fue entonces como al tiempo de estar allí, junto a Lucía, con quien habíamos generado una gran amistad, decidimos que teníamos que hacer algo al respecto.

Por esa aldea, de unas 500 personas, pasaban varios voluntarios de distintos países a lo largo del año. Por lo general estaban allí unos meses, vivían fuertes experiencias, para luego volver a la comodidad de sus hogares y solo quedarse con el recuerdo, con fotos, con la anécdota.

El impacto que genera esto para una aldea tan pequeña es muy grande, el vínculo afectivo de los niños y adultos que generan con los voluntarios puede llegar a ser muy intenso, pero de un día al otro desaparece para siempre.

Comenzamos entonces a darle forma a lo que hoy es Madanfo Project. Primero hablamos con Frank, director de la escuela y referente en la aldea, para contarle nuestra idea y comenzar a encaminarla. Luego de terminada la jornada de construcción, íbamos por las casas de todos los niños que forman parte del proyecto, hablamos con ellos, con sus familias y también los visitamos en la escuela. Cada familia se llenaba de esperanza con nuestras visitas y esto nos daba una gran motivación para seguir.

Y así sin más, un día terminó nuestro proyecto de construcción y con eso nuestra estadía en esa aldea que tanto nos había dado. Nos fuimos, con el corazón roto de alejarnos por un tiempo de ellos, niños con los que nos habíamos encariñado de una forma que nunca nos hubiésemos imaginado. Pero nos fuimos con la promesa de volver, de hacer algo por ellos, de que eso no iba a terminar allí.

Puedo afirmar que esta experiencia cambió mi vida para siempre en muchos sentidos. No solo por los meses que estuve allí y la vivencia, sino por la determinación de querer seguir trabajando y contribuir a mejorar la calidad de vida de estos niños. Para que todos ellos (y ojalá muchos más) puedan ejercer su derecho de ir a la escuela y elegir su futuro.

Hoy en día es muy común el turismo de voluntariado en países subdesarrollados. Es muy importante a la hora de unirse a estos programas, estar convencido de las motivaciones, de lo que nos lleva a ir a determinados lugares y también del impacto que genera nuestra presencia en algunas comunidades, que muchas veces puede llegar a ser negativo. Es importante reflexionar y tratar de ser realista tanto con la situación en la que estamos como en la motivación que nos lleva a hacerlo.

Desde mi experiencia, pienso que todos, vengamos de donde vengamos, tenemos algo que dar a la comunidad. A veces es difícil salir de la rutina o de nuestra zona de confort, pero a fin de cuentas siempre valdrá la pena.

Si estás pensado en hacer un voluntariado y quieres saber más sobre nuestra experiencia, no dudes en contactarnos. ¡Estaremos [email protected] de ayudar!

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